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Solitaria, pensativa, divertida en mayor o menor medida, gusto por escuchar, leer, escribir, escuchar música, imaginar, sentir.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Fragmento de "Paseo por el camino de la niebla"

Era una noche estrellada en cuya niebla se perdían los sonidos del tiempo. Sus sonidos se propagaban a través del aire llegando a los corazones de las pobres almas en pena que habitaban el lugar purgando sus pecados con la penitencia de las lamentaciones eternas. Lágrimas bañadas en sangre lloraban algunas incluso, por culpa expiatoria o por dolor. Las más afortunadas sufrían el tormento del rencor, consumiéndose poco a poco. Unas almas que no eran capaces de llegar a la luz porque ellas mismas se tapaban los ojos con el miedo de su pasado. Almas que se fundían con aquella intensa niebla que servía de hogar a los temores. Almas cerca de su morada, cerca de tumbas y de lápidas con nombres grabados en ellas, nombres borrosos, olvidados e inmortales como ellas.
Algunas llevaban cadenas en los pies terminadas en una gran y pesada bola de hierro que les impedía avanzar. Estiraban los brazos y abrían la boca clamando ayuda, pero ningún sonido salía de ellas salvo el del silencio. Abandonadas después de haber creído que eran algo en vida, abandonadas tras haberlo dado todo y haber luchado hasta la saciedad. Solas. Sin nada. Tan sólo dejando y viendo la eternidad pasar, día tras día, sin poder interactuar de otra forma que callándose y pasando desapercibidas…


* * *

viernes, 5 de agosto de 2011

Presentación

Las bienvenidas nunca nos aseguran que algo será eterno ni que permanecerá ab eternam a nuestro lado, pero sí que si alguna vez algo se pierde permanecerá por siempre en el recuerdo, porque existió y fue real para nosotros.

Cuando ese algo nos marca de verdad y deja una huella imborrable en nuestro pecho, es cuando realmente cobramos conciencia de cuanta ha sido la importancia de su paso por delante de nuestros ciegos ojos.  Y es entonces cuando vienen las lamentaciones por no haber sabido ver toda la belleza que teníamos delante, y la desesperación que nos carcome por dentro al saber que ese algo nunca más volverá a nuestro lado porque se perdió en las sombras marchitas del olvido, un olvido que nos arrancó de las mismísimas entrañas de la ilusión aquello que nos latía por dentro sin que nos diésemos cuenta.

En ese tramo inerte de nuestra existencia nos percatamos de que lo único que hacemos es ver la vida pasar. Respiramos, nos movemos, comemos, hablamos... pero en realidad no interactuamos. Somos presas de una enorme bola de cristal llena de una nada tan espesa que nos dificulta terriblemente el movimiento. Nos deja ver, pero no podemos hacer nada salvo llenarnos de más desesperanza. Viene aquí entonces que, arrepentidos, dejamos de apoyar las manos y los ojos en las paredes de la bola y retrocedemos hasta su centro, quedándonos completamente quietos cuales estatuas. A partir de ahí nos dedicamos única y exclusivamente a observar, analizar, saber formar un pensamiento y, como no, aprender.

Finalmente un buen día, que no uno cualquiera, la bola se rompe y el cristal se resquebraja ante nosotros. Caemos al suelo una vez más arrolladas por los afilados trozos que salen disparados en todas direcciones y terminamos sangrando. Pero no nos ocurre nada malo. Cuando abrimos los ojos nos sorprendemos porque algo dentro del pecho nos está haciendo pum-pum, pum-pum. El corazón. Ese algo que habíamos dejado olvidado en el regazo de la perdición vuelve a nosotros porque sabe que es en nuestro pecho donde debe estar. No atiende a razones, tan sólo lo sabe, y busca su objetivo. No nos perdona nada, porque para él nunca hemos hecho algo malo, tan sólo aprender de un error. Respiramos y un aire completamente nuevo y fresco nos llena los pulmones y se extiende por todo nuestro cuerpo, levantándonos hacia las nubes. Entonces nuestros ojos recobran el brillo perdido y nuestra garganta su aliento exiliado en la inexistencia. Y entonces, sólo entonces, volvemos a ser nosotros mismos y sonreímos porque nos damos cuenta, gracias a ese nuevo latido, de que ahora sabemos quiénes somos.


La primera vez siempre es especial, por eso hay que guardarla fieramente en lo más profundo de nosotros.